
En 1922, dos jóvenes andaluces decidieron que el flamenco estaba muriendo. El compositor Manuel de Falla y el poeta Federico García Lorca creían que el cante jondo —el cante profundo, el núcleo más antiguo y más puro del flamenco— estaba siendo ahogado por el espectáculo de los cafés cantantes, y se propusieron salvarlo.
Su respuesta fue un concurso. En la Plaza de los Aljibes de la Alhambra de Granada organizaron el Concurso de Cante Jondo, vetando deliberadamente a los profesionales para que los viejos cantaores anónimos de los pueblos pudieran ser escuchados por fin. Un niño y un anciano compartieron el primer premio.
El eco llegó mucho más allá de Granada. Falla escribió apasionadamente sobre las raíces ancestrales de la música; Lorca expuso su teoría sobre el duende, ese estremecimiento oscuro que convoca un cantaor de verdad. Entre los dos convirtieron una tradición popular en algo que los artistas españoles podían tomar en serio.
Los historiadores siguen debatiendo cuánto rescató realmente el concurso. Pero cambió el debate para siempre —y es por eso que, un siglo después, el cante jondo no se contempla como un número para turistas sino como uno de los grandes artes vocales de Europa.