
Cuando el Teatro Cervantes abrió sus puertas en 1870, Málaga llevaba décadas deseando un teatro digno de ese nombre. Lo que obtuvo fue una joya: una herradura de palcos dorados bajo un techo pintado por Bernardo Ferrándiz, cuya vasta alegoría de la industria y la costa malagueña sigue presidiendo cada función.
Por poco no llega a sobrevivir. El fuego, los cierres y los tiempos difíciles amenazaron el edificio en más de una ocasión a lo largo del siglo XX, hasta que la ciudad lo adquirió y restauró en los años ochenta. Hoy es el buque insignia cultural de Málaga: escenario habitual del festival de cine, la temporada de ópera y la orquesta municipal.
Acústicamente pertenece a un mundo más antiguo y más cálido. Construido antes de los micrófonos, fue diseñado para llevar una voz sin amplificación hasta el gallinero, y sigue haciéndolo. Los cantantes que actúan todo el año en grandes recintos te dirán que una noche en el Cervantes se siente más cercana, más honesta, casi íntima.
Ese es su secreto. Durante siglo y medio, la misma sala ha acogido zarzuela y jazz, flamenco y estrenos de cine; prueba de que un gran teatro no pasa de moda. Simplemente sigue ofreciendo a la ciudad un lugar a la altura de sus encuentros.